Muéstrame oh Señor tus caminos y enséñame tus sendas.
Salmos 25.1-11
(1a) Himno de David.
1-2 (1b-2) Mi Señor y Dios,
a ti dirijo mis ruegos
porque en ti confío.
No me hagas pasar vergüenza;
no permitas que mis enemigos
se burlen de mí.
3 Tampoco dejes que pasen vergüenza
los que en ti confían;
¡la vergüenza deben pasarla
los que traicionan a otros!
4-5 Dios mío,
enséñame a vivir
como tú siempre has querido.
Tú eres mi Dios y salvador,
y en ti siempre confío.
6-7 Dios mío,
por tu amor y tu bondad
acuérdate de mí.
Recuerda que siempre me has mostrado
tu ternura y gran amor;
pero olvídate de los pecados
que cometí cuando era joven.
8-10 Dios mío, tú eres bueno
y siempre actúas con justicia.
Enseñas a los pecadores
a hacer lo bueno;
enseñas a los humildes
a hacer lo bueno y lo justo.
Con quienes cumplen tu pacto
y obedecen tus mandamientos
tú siempre actúas
con amor y fidelidad.
11 Dios mío,
es muy grande mi maldad;
pero por todo lo que tú eres,
te ruego que me perdones.
Vivimos en tiempos sumamente peligrosos, rodeados de enemigos visibles e invisibles. La maldad aumenta descomunalmente y produce en la gente una terrible sensación de miedo e inseguridad.
En su época, el salmista era consciente de esta realidad y por lo tanto le pidió a Dios que le revelara su voluntad – muéstrame, enséñame, encamíname (4-5). ¿En quién más podía refugiarse? Únicamente el Dios de su salvación podía socorrerle. Pero para el salmista, ser librado de la muerte, no era sólo una cuestión de mero escape, sino que en tales circunstancias, comprender el propósito de Dios y verlo obrando a su favor, era lo que realmente importaba. No debemos buscar únicamente la protección de Dios, sino sobretodo su dirección. ¿De qué valdría ser librado de la muerte y no saber cómo vivir?
En tono triunfal, el salmista proclama que Dios lo va a guiar por el camino en el que debe andar (9-10). ¿Cómo es que está tan seguro? ¿Hay algo que debemos considerar? Sí, una condición: “para los que guardan su pacto y sus testimonios”. Jesús dijo: “Si alguien me ama, también me obedece. Dios mi Padre lo amará, y vendremos a vivir con él.” (Jn. 14.23) – doblemente protegidos, doblemente seguros.
Aún en los momentos de soledad, aflicción y angustia, cuando enemigos gratuitos destilan su odio declaramos: “¿Quién podrá separarnos del amor de Jesucristo? Nada ni nadie. Ni los problemas, ni los sufrimientos, ni las dificultades. Tampoco podrán hacerlo el hambre ni el frío, ni los peligros ni la muerte.” (Ro. 8.35).
¿Tomas tiempo para meditar en lo que se propone el Señor contigo cuando te permite atravesar tiempos difíciles? ¿Le dices: muéstrame, enséñame…? ¿Buscas sólo su protección o también su dirección? ¿Confías en Dios a pesar del peligro constante que te rodea?
Señor, aún cuando el peligro amenace, pongo mis ojos en ti; me tomo de ti cada día y me dispongo a obedecerte y a hacer tu voluntad.
Texto:
© Encuentro con Dios. Unión Bíblica
Biblia:
© Traducción en lenguaje actual. Sociedades Bíblicas Unidas.(2002; 2003)